Ulises Pipa 

"La capitana" 

 

Finalizaba la primera década del siglo XX y el puerto de Belén recibía las remesas de goma a puro lomo de indios y mestizos, que se habían asentado en el populoso puerto. Estas gentes iban formando un crisol de costumbres y saberes del hombre amazónico en este caserío anfibio.

El Itaya, siempre ligado a Iquitos, por aquellos años albergaba a cien- tos de lavanderas, que bajaban desde la ciudad a lavar las mugres de las ropas de los riquillos de la época. Una de esas mujeres era Carmen. Ella tenía el carácter del padre, un anciano, que en sus años mozos trabajaba en la extracción de madera y luego en la extracción de la goma.

Una madrugada, el padre de Carmen y sus hijos, prepararon su re- mesa de goma. Finalmente, él surcó el río para saldar cuentas con su patrón. Después de cinco meses de internamiento en la selva y, ya cansado por los casi seis años de trabajo en las estradas, trabajando solo para la comida, para el vestido de su familia y para las dos borracheras al año que se daba en el campamento del patrón, iba decidido a finiquitar cuentas y dejar el Samiria. Como era costumbre, el patrón se valía de todas las artimañas para mantener endeudados a los esclavos de la goma; las remesas, por más abultadas que fueran, nunca saldaban las deudas. Por el contrario, los préstamos se necesitaban pedir nuevamente, pues era la manera de calmar las miserias.

 

El padre de Carmen escuchó la larga lista de artículos, herramientas
y comida que le había fiado al patrón y todavía le faltaban unos cientos de kilos de goma para pagar la deuda. Pidió un nuevo crédito y el patrón, que lo consideraba un hombre honesto, buen pagador, no hizo objeción a sus peticiones.

 

– Maurito, pida nomás, la tienda es tuya. Le decía el patrón, mientras le daba palmadas en el hombro.

– ¡Vean y oigan, cholos! ¡Maurito es un buen pagador y por eso a su nombre invito un barril de aguardiente! Los miserables indios, alcoholizados, se acercaron a abrazar a Mauro por su generoso aporte a la borrachera. Mauro Icahuate abrió el barril de aguardiente y se sirvió un buen trago.

–Ahora sí, patrón, déjame ver qué llevo hoy.

–Maurito, me llegaron unas máquinas de coser; eso solo doy a los buenos trabajadores. No seas como esos cholos ignorantes, que solo piensan en beber. Además tengo las escopetas Remington que tanto quieres.

 

Mauro Icahuate cogió la escopeta a medio uso; la examinó sigilosamente acercando la vista a la base del caño para apuntar y pidió una caja de cartuchos. El patrón acostumbraba a dar en pocas proporciones las balas; pero Mauro había mostrado buen juicio y el patrón no dudó mucho para entregárselas. Mauro Icahuate empezó a endeudarse como nunca. Pidió considerables metrajes de telas de todos los colores que la tienda abastecía, madejas de hilos, machetes, juegos de ollas, provisiones y, por último, pidió el sombrero riojano que tanto quería lucir cuando saliera a pasear por la ciudad.

– ¿Maurito, piensas salir este año?

–Si patrón. Pienso salir hoy mismo.

-¿Cómo? ¿Y la deuda, Mauro? ¡No te creas de pendejo cholo de mierda!

 

Mauro Icahuate había pedido previamente a Carmen y a sus pequeños hermanos que las cosas se vayan colocándolas en la canoa, mientras despachaba el patrón y solo dejó con él la caja de cartuchos y la escopeta Remington.

 

–Disculpe usted, patrón. Por casi seis años trabajé contigo y nunca he podido pagar mi deuda, por más que me esforzaba en sangrar cada día más los árboles de mis estradas. Esto es mi liquidación por los años a su servicio.

-¡Agarren a este indio, hijo de puta! ¡Agárrenlo! Rebuznó el patrón.

Mauro Icahuate echó mano a la caja de cartuchos; se puso al bolsi- llo todas las balas que su gran mano pudo coger y una se lo llevó al cañón.

 

–Al primer hijo de puta que se acerca le regalo un tiro! ¡Muchachos, a embarcarse todos! ¡Y rápido!

 

Nadie se atrevió a acercarse a Mauro Icahuate que iba retrocediendo con el arma cargada, atento a cada movimiento de los hombres del patrón. En el puerto, Carmen y sus hermanos, con la canoa cargada, listos para alejarse de la orilla, le esperaban impacientes. Las aguas del Samiria dejaron bajar la pequeña embarcación al ritmo de la corriente. Mauro y su prole se perdieron en una curva del río, rumbo a Iquitos, en busca de un nuevo comienzo.

 

Carmen creció en medio de los comercios florecientes de la ciudad y de las miserias en el puerto de Belén. La goma daba prestigio y dinero a pocos, quienes ostentaban sus lujosas casas céntricas y sus trajes de diseños europeos que contrastaban con las chabolas que se multiplicaban en los alrededores de la ciudad y los guiñapos que abrigaban y tapaban las intimidades de los indios y obreros en plena jornada. Carmen se hizo madre a los pocos años de haber llegado a la ciudad y se ganaba la vida lavando ropas y vendiendo pescados en el merca- do. Por aquellas épocas, finalizando la primera década del siglo XX, los comerciantes de Iquitos, en su mayoría de chinos e inmigrantes de otras zonas del país, se apoderaron del mercado de abarrotes y alzaban a su conveniencia los precios de los productos de primera necesidad. Tanta era la angurria por obtener ganancias a costa de los pobres, que verdaderamente, era un abuso del mercado, que lo que hacían era subir el precio de los productos de primera necesidad sin explicación alguna. Carmen, a la que apodaron la capitana, organizó una protesta en comunión con sus colegas pescaderas y marcharon contra los comerciantes, especialmente contra los chinos. Una mañana, las huestes de la capitana atacaron desde la Bagazán hasta el jirón Lima y las cuadras primeras de la calle Alfonso Ugarte y todos los jirones que se proyectaban hacia el puerto de Belén. Saquearon e incendiaron comercios, los locales chinos especialmente. Estaban los locales marcados como si el ángel de la muerte, por las calles del antiguo Egipto, pasara para promover el ensañamiento colectivo. Esa mañana las pescaderas Loretanas comenzaron la revuelta, cual pescaderas parisinas de 1789.


La gente estaba incontrolable. La pequeña comandancia de policías de la ciudad no podía contra las turbas que saqueaban los productos. Lo que no podían arrebatar, terminaron arrojándolo en las calles e incendiaron cuanto podían. La capitana se rodeó de la turba airada y la autoridad poco pudo hacer para llegar a ella. Como respuesta a la anarquía que prevalecía en esos momentos, la autoridad intentó controlar a las gentes con la promesa de la baja de los precios de los productos de primera necesidad y un mayor control del alza de precios de los comerciantes. Tal promesa se cumplió con documentación firmada por las autoridades correspondientes a los dos días de las protestas y saqueos; pero tal control solo tuvo vigencia seis meses. Carmen, la capitana, siguió vendiendo pescados hasta su muerte en los años cuarenta, cuando ya poca gente la conocía y mucho menos recordaba su gesta que, aunque efímera, sirvió de algo. Sirvió para mostrar a la autoridad, la resistencia y la rebeldía del pueblo, aunque ahora el pueblo olvida que tiene el poder de hacer temblar a toda autoridad tirana.