Miguel Martí

"Iquitos"

La ciudad de Iquitos sube y baja al son del río Amazonas. Durante medio año flota en sus aguas bravas, durante el otro medio queda varada en la orilla; amamantada siempre por la savia fresca de la palpitante selva.

Fue fundada por el afán evangelizador de los jesuitas a mediados del siglo XVIII. Explotó y fue explotada por los caucheros un siglo después. Se llenó de bribones y buscavidas que la abandonaron tan pronto como el caucho perdió su valor de mercado. Cobró fama internacional de la mano de una planta trepadora que hace viajar a los gringos lejos, muy lejos, sin necesidad de cargar con sus pesadas mochilas, ni de levantarse siquiera de la colchoneta: la ayahuasca.

Iquitos es una isla urbana en mitad de un mar verde. No hay carreteras que la conecten con el resto del Perú. Noventa kilómetros de asfalto son los únicos que entran o salen de esta ciudad, uniendo Iquitos con Nauta. Tres enormes ríos navegables la rodean, y por ellos se desplaza el hombre: vías de comunicación que se formaron antes de que nuestra especie existiera y cuya contemplación nos invita a reflexionar sobre lo efímeros y diminutos que somos. Por sus calles rectilíneas, cuadriculadas, zumban los moto-carros en un orden muy poco ordenado, cual abejas encerradas en un panal chiquito. El viejo sol calienta como recién creado y la humedad se te pega sin ningún cuidado. Es una ciudad viva, alegre, luchadora, donde no llegó el terrorismo iluminado de Sendero Luminoso y que se enfrentó duro a la represión sanguinaria del exdictador y presidario, Fujimori.

La gente parece libre porque así se comporta. Hablan bajito, casi en un susurro, y muy rápido. No saben decir “no” y, por lo tanto, el “sí” es relativo, es un “puede que sí, ¿quién sabe?”. Los hombres que quieren vestir de mujer se arreglan y salen a la calle, al trabajo, sin miedo. Sin ningún complejo te muestran la mejor de sus sonrisas, mientras te sirven una hamburguesa o te venden un seguro de accidentes de moto.

 

 Entre la algarabía de gente que va y viene, y los que no se ven venir ni ir porque andan lejos, allá por el océano sin horizonte de la jungla, se diferencian algunos colectivos: Nativos llaman a los hombres y mujeres que cuidan de su lengua y de sus tradiciones, algunos se disfrazan para los extranjeros que turistean en busca de algo más que de la famosa ayahuasca. Ribereños son aquellos mestizos, mezcla de sangres selváticas y serranas, que se asientan allá donde el río siga siendo generoso, si no lo encuentran, invaden terrenos improductivos alrededor de Iquitos. Los gringos, compilación de sangres revueltas, representantes de un tal “capitalismo”, buscan y rebuscan lugares nuevos que esquilmar, gente aislada que explotar, para alimentar su insaciable y caníbal sistema económico.

Hablar de Iquitos es hablar de Libertad: libertad de pensamiento y libertad de acción, donde uno es lo que quiera ser. Hippie ambulante en el malecón. Travesti de noche y de día. Selvático invasor de terrenos baldíos. Indígena por vía genética o por reconversión al amparo de las ayudas económicas. Gringo ayahuasquero en busca del paraíso perdido. Marinero de agua dulce en el Amazonas.