Juanjo Fernández

"El sonido de la selva"

El sonido de la selva es el sonido del agua. El sonido de la lluvia cuando golpea contra el río. El sonido del agua cuando vibra el motor del peque, ‘pequepequepeque’. El sonido del agua cuando los niños imprimen su bullicio al bañarse. Ahora su sonido es denso. Se oye grave. La gente del río mira de soslayo si hay trazos brillantes en su superficie. Han sido ya muchos los derrames de petróleo. Más allá, más acá, el agua viaja por caños y quebradas y transporta lo bueno y lo malo, el agua no distingue. Los moradores quieren saber y no encuentran respuestas. Muchos ya no desean ni buscarlas. Una vez les hicieron análisis de sangre. Encontraron metales, pero no les terminaron de decir si eso explica sus afecciones en la piel, sus dolores de cabeza, sus cólicos. Algunos ya no han querido hacerse nuevas analíticas. Qué van a hacer con ellas si no hay ni una posta médica donde acudir. Cuando van a la de Maypuco toman nota y les explican cómo lavarse adecuadamente.  Lo que no les dicen es cómo conseguir agua segura para hacerlo. Cuando llueve todos sacan mil baldes para recoger el agua del cielo. Pero eso son cuatro meses al año. El resto del tiempo dependen del río. Algunos tienen suerte y tienen pozo. También hay comunidades con depuradora, no son muchas. Hace unos años protestaron en las calles de Iquitos, pero les hicieron un juego de manos para no instalar las 55 depuradoras que reclamaban y llegar a todas las comunidades. Está bien, pero piensan en como depurar el agua que beben los peces que comen. “Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río…”. No, no era eso. Los peces beben agua contaminada y ellos comen peces contaminados. Sus ropas se limpian con agua contaminada, sus cabellos se enjuagan con agua contaminada. Por el río vienen los turistas con su agua. Aseguran que están en el paraíso, pero traen agua embotellada de la ciudad. ¿Quién puede querer destruir el paraíso? El hermoso texto 169 de la OIT de 1989 que reconoce los derechos de los pueblos indígenas fue subscrito por Perú en 1994. “Artículo 14: 1. Deberá reconocerse a los pueblos interesados el derecho de propiedad y de posesión sobre las tierras que tradicionalmente ocupan”. Pero luego llegó una ley, un decreto supremo y un proyecto de   ley. Buenas intenciones gubernamentales que flexibilizaron las políticas del territorio para incentivar los proyectos de inversión. Invertir, crear empleo, crecimiento, mejoras de vida. Abrir un grifo y que salga agua. Girar una llave y que se prenda el fuego. Apretar un interruptor y que se encienda la luz. Pulsar un botón y que se limpie el inodoro. Un momento ¿Qué inodoro? ¿Qué luz? ¿Qué fuego? Ese progreso aún no ha llegado al río. Y no es que a los ribereños les importe. La selva conforma.  No pasa nada por bañarse en el río. No pasa nada por usar una letrina en vez de una taza blanca. Tampoco por quemar leña en vez de gas. Todo en la selva pasa de forma diferente. Nada permanece, es la primera lección. El río cambiará de curso en unos años, el barranco se llevará la escuela, el cementerio y las casas. No vale la pena apegarse a algo que las aguas reclaman. Comer es asunto del esfuerzo de cada día. De lo que recojas en la chacra, de lo que caces en el monte, de lo que pesques en el río. Los pueblos del río son luchadores, se sienten orgullosos de serlo. Pero hay dos cosas que no saben afrontar: los metales en las aguas y los papeles que transforman sus tierras en espacios de interés para la inversión. O peor aún, bajo el discurso de preservación las convierten en reserva. Rimbombante causa que les expulsa de sus tierras al impedirles pescar un kilo más allá de la subsistencia, talar un árbol para terminar de cerrar la casa o despejar un poco de selva para cultivar. Es un paraíso, afirman, y hay que cuidarlo como tal, lo dice el gobierno y deja que las empresas extractoras hagan crecer la región. Ellas saben ─tienen un departamento de gestión medioambiental─ hacer presentaciones en powerpoint. ¿Quién podría destruir el paraíso?