Will Boose

Editorial 

Una poesía de lo cotidiano: Rumbo a una poesía transformadora

Toni Cade Bambara—autora, cineasta, profesora y activista afroamericana—nos enseñó que «el papel del artista es hacer que la revolución sea irresistible». Esta artista brillante nos dio una responsabilidad que deberíamos tratar de cumplir con nuestro propio arte, incluso en esta revista.

Yo agregaría que el artista revolucionario, o cualquier artista que quiere realizar transformaciones sociales, también debe comprometerse a crear las condiciones culturales necesarias para la revolución y la transformación. A mi juicio no se puede crear esas condiciones sin una representación artística de lo cotidiano. En nuestro arte, no podemos ignorar las condiciones materiales del pueblo. Por ejemplo, el trabajo que hacen, las casas en las que viven, la comida que ingieren, las sensaciones que sienten, etcétera.           Y luego esperar que la gente se levante de repente o cuando escribimos algún poema grandioso sobre la idea de revolución. Primero debemos hablar de la realidad que vive la gente. Históricamente, eso es lo que los revolucionarios exitosos han hecho: hablan con la gente sobre sus condiciones materiales y luego los apoyan en sus esfuerzos a cambiar esas mismas condiciones. Trabajan con y para la gente.

Los artistas revolucionarios además deben trabajar para cambiar las condiciones culturales para que haya una posibilidad de revolución. En mi concepto no hay mejor manera de lograrlo que a través de representaciones artísticas de la realidad material de la gente. Lo percibo. Otro poema súper metafórico sobre una flor hermosa no va a crear las condiciones culturales que deseamos, a menos que lo relacionemos directamente con el mundo que quieres ver. Tal vez esa flor hermosa sea una rosa roja que crece en el jardín de un viejo revolucionario de tu barrio. Pues, sí es posible y necesario escribir poemas sobre flores en la poesía de lo cotidiano. Por ejemplo, «XIII», de Mao Huamani Melgar (Sentidos No. 2), es un poema baste motivador que trata detalladamente de una flor    basado en un sitio específico (Ayacucho).

Entonces, con el objetivo bien establecido, ¿cómo ha contribuido nuestra revista Sentidos a una poesía de lo cotidiano tras cinco ediciones? Somos una revista recién nacida —establecida hace menos de un año— y es importante evaluar nuestro trabajo hasta hoy día. Con lo que queda de este editorial destacaré varias frases de algunos escritos que hemos publicado, porque son intentos sólidos que nos conducen a una poesía de la   cotidianidad. Incluso, breves reflexiones finales sobre la necesidad de la poesía transformadora. Y claridad sobre un pensamiento subyacente de este escrito: lo que yo diga sobre la poesía en este editorial también es relevante para todo tipo de arte. En consecuencia, la invitación a la lectura es extensiva a los pintores.

En «El fuego del carnaval», el cuento de Ulises Pipa, publicado en nuestra tercera edición, vemos una descripción por excelencia de una realidad amazónica:

«El trabajo en la chacra me había distraído tanto, que no recordé que estaba en la víspera del carnaval y solo después de darme un baño frío, y sentarme en el emponado de mi campamento a comer los bujuquis y sardinas con yuca, empecé a oír el bom, bom, bom, del bombo baile que acompañaba al sacado de palmera. Mi cuerpo reaccionó al sonido con un erizamiento de piel y agudización de los sentidos. Me paré, acto seguido encendí́ el lamparín, tanto que la oscuridad ya se imponía a la luz del día y me fui al único cuarto de mi campamento, tranqué bien la puerta, estiré las frazadas en el piso y cuidando de que mi cuerpo no se extendiese a una rendija del piso, y me quedé echado, junto a mi Winchester».

 

Mientras tanto, en mi contribución a la segunda edición («Él que te llevó, lleva y llevará»), vemos sitios específicos en Iquitos y hechos reales que suceden en la ciudad: brotes de dengue, partidos de fútbol en el parque zonal, graduación en la UNAP, la posibilidad de otra inundación, y sobre todo el papel central que juegan los motocarristas en la sociedad iquiteña.

Finalmente, en nuestra primera y más antigua edición, vemos en la poesía de Kriztian Valente («Hormiguita solidaria»), una imagen cotidiana transformada en una alegoría revolucionaria. Abre el poema con esta frase: «hormiguita solidaria vas ágil sobre la mesa». Alguna vez todos hemos visto una escena así. Y por gracia de la palabra todo mundo tiene igual acceso a la propuesta poética que Kriztian ofrece en esta obra. Desde esa ventana, luego expande el poema como un mensaje transformador de solidaridad: el poder colectivo que tiene una comunidad de hormigas en lugar de los desafíos imposibles que se enfrenta una hormiga solitaria.

 

Partiendo de la propuesta de Kriztian, veo la poesía de lo cotidiano como una forma (una en su multiplicidad)—no pretendo que vamos a cambiar el mundo con solo palabras para organizarnos como una legión en lugar de individuos. Y esto no es solo una metáfora, esto es necesario, porque los estados neoliberales no proporcionarán las necesidades materiales de ninguna persona, grupo o comunidad. Los estados solamente brindan beneficios a las elites. Y lo han demostrado a través de décadas de explotación, extracción y corrupción. Por lo tanto, las necesidades materiales de cualquier persona, grupo o comunidad no se satisfarán a menos que las demos a conocer a otras personas, grupos y comunidades que puedan ayudar; y debemos fomentar esa voluntad de ayuda mancomunada. Y como artistas explayar esa solidaridad que vemos en el poema de Kriztian.

 

Concluyo con una cita de un poema mío no publicado, que se llama «Oda a los poetas revolucionarios»:

La poesía revolucionaria no es nada nueva. Que lean

las palabras de Langston Hughes y las de Audre Lord. Lean a

Mila Aguilar, quien nos enseñó que una camarada es tan preciosa como un retoño de arroz. Lean a César Vallejo,

Pablo Neruda y Ernesto Cardenal. Más cardinal aún

es que lean a los poetas de sus propias ciudades. Cada sitio tiene sus

voces que cantan de cambio

 

La poesía revolucionaria no es nada nueva, pero

siempre necesitaremos más camaradas. Que la revolución no es un

acto, sino un proceso dialéctico que continúa hasta la victoria

—siempre sembrando más arroz.»